Reimaginando a Dimash

"Sección dedicada a soñar, a divertirnos y a contemplar desde distintas perspectivas la obra de Dimash, su entorno y a la comunidad Dear"

Saber

Dos entes que parten de una misma creación, moldeados como antagonistas desde el opuesto delineado de sus cuerpos, desencadenan en el crepúsculo de ese origen una danza de agua y fuego, la cual se precipita sobre entornos que pierden sus fronteras, y que ponen a disposición una arquitectura desierta para el desarrollo de un armónico balanceo entre la vida y la muerte.

Melodías sobrevienen y se suspenden en el aire a la espera de una revelación.

Arrastrado por una corriente ingrávida, se deposita dentro de un flujo de vibraciones un eco catalizador que irrumpe por sorpresa.

Una Voz.

Una voz de hombre.

Como también lo es de mujer.

Una voz portadora de misterios.

Una voz poderosa y sutil.

Una voz que representa el principio… y el fin.

……..

Dicen que las arenas se extendieron como un tapiz grisáceo e imperturbable ante la urgencia de la contienda.

Las aguas del mar se replegaron y avanzaron con la tensión del momento, sus olas se agitaban con el arrebato que se le provocan a las sábanas de un lecho amatorio.

Y cual amantes se descubrieron los protagonistas uno frente al otro.

No hubo vencedores ni vencidos, porque ambos eran derrotados y triunfaban a la vez, ya sea de pie y entrelazados en una única figura o tendidos en el suelo con arena entre sus dedos, con tierra en sus cabellos y espuma en sus pies o con el aliento del prójimo en sus bocas.

Y de ese contacto vertiginoso que los enfrentaba surgió el conocimiento…

De cada flexión ósea disimulada en la piel, de cada músculo extendido al límite, del roce de abrazos y caricias sudorosas y de la coincidencia en movimientos febriles, se alimentaron los organismos para neutralizar las asperezas.  

Y en la proximidad íntima experimentaron la excitación de lo desconocido y uno en brazos del otro se comprometieron en una última y transitoria separación.

Cual un bautismo de fuego, se bañarían en las llamas del amor.

La Voz se acercó y entregó a cada amante unas armas que custodiaba celosamente desde tiempos remotos y que tenía reservadas para los amores enredados en las sombras.

Un arco y una flecha.

Tomaron distancia y luego de lanzar sus respectivos proyectiles iniciaron una carrera que los acompaña hasta nuestros tiempos.

Cuentan que nunca han de detenerse y siempre avanzarán uno en busca del otro, en un constante deseo de concretar su amor, perseguidos por un surco de fuego que cabalga a sus espaldas y que ha de fundirlos en un abrazo el día que les de alcance y los atraviese en sus carnes, en sus corazones y en sus espíritus.

……

Es por ello que la Voz continúa su camino, con su arco tensado y sus ardientes flechas que despiertan amores, agitan pasiones y estimulan los sentidos de los hombres y mujeres que necesitan una oportunidad, frente al amor imposible.

 

Fin

  

Igor Yakovlevich Kroutoy nació el 29 de julio de 1969 y con motivo de su cumpleaños decidí dedicarle esta versión (ajustada a mis respetuosas pretensiones) de su obra “Know” la cual está interpretada de manera magistral por Dimash.

Y precisamente… ¿Por qué no imaginar a Dimash como un supuesto “Cupido” en esa ficción? Si al fin y al cabo, algo que disfruto es reimaginar su talento interpretativo en cada ocasión que se me presenta.

Desde Un Terrícola Iluminado queremos desearle un muy feliz cumpleaños al maestro Krutoy.

 

Carlos Rivadeneira

El Hombre que Plantaba Árboles

(por Carlos Rivadeneira)

“Para que la personalidad de un ser humano nos deje apreciar su condición
excepcional se necesita tener el privilegio de observarlo en su accionar
cotidiano, durante muchos años.

Si sus acciones no son egoístas ni mezquinas y es guiado por su generosidad sin esperar recompensa distinta a la gratitud,

y de herencia nos deja el valor del esfuerzo, la tenacidad
y la perseverancia,

significa que estamos ante un personaje inolvidable”

Jean Giono

Ésta es la historia de Elzéard Bouffier.

Y tanto el hombre como la historia están lejos de ser ordinarios.

El sueño que brotó en su interior, se puso en marcha con sus latidos y a través de la voluntad, se hizo realidad en la virtud de unas manos laboriosas.

Lo abrumador en el espíritu de una persona puede resultar en otras un desafío, y en los casos de mayor compromiso, un menester en lo profundo del ser humano.

Y precisamente de esa necesidad surgió el sueño de Elzéard, de la necesidad de “intervenir y tratar de mejorar la situación”

Para ello, en una región europea apartada de la civilización, de planicies y elevaciones áridas con escasas irrigaciones naturales, se dedicó a plantar cien bellotas de roble por día.

Y cuentan que en el trayecto de 35 años ese hombre logró reverdecer la naturaleza de aquel sitio y por añadidura también revivieron las sanas costumbres de la raza humana, con personas que repoblaron lo que en una oportunidad fuera un erial y luego se convirtiera en una zona boscosa plagada de colores vibrantes. Plantó robles, arboles de la haya y abedules que soportaron las inclemencias del tiempo, de las alimañas e incluso sobrevivieron a los azotes de la guerra. Las flores y las hortalizas, las praderas y los campos, los manantiales y los pozos de agua rebozaron de vida en un ciclo reconstituido.

Y todo por la intervención constante y sacrificada de un solo hombre.

Lo que acaban de leer sería un resumen (pobre en contenido, comparado con el majestuoso relato original) de “El Hombre que Plantaba Árboles” de Jean Giono, publicado en 1953 y basado en la reforestación llevada a cabo a partir del año 1880 en el sitio donde está ambientada la obra, en Francia.

Nos es posible hilvanar una serie de semejanzas entre el personaje de ficción Elzéard Bouffier, su ejemplo y su legado, y las convicciones que resultan acumuladas en el accionar de Dimash.

Plantar un árbol puede implicar una insinuación figurada o formar parte de una ejecución auténtica. Restablecer las condiciones favorables en un páramo permite transportar la representación de ese renacimiento a otro plano: el de un corazón ensombrecido que recupera su alegre palpitar.

El despertar o cosechar un sentimiento puro, como el de transmitir o sembrar una idea conforme a las pautas del intelecto y la gentileza, o el combinar las acciones precisas en el labrado de la evolución paulatina, en lo personal y en lo colectivo, mediante el uso de las herramientas que nos proveen el esfuerzo y el sacrificio, son algunas de las características que definen a los grandes seres humanos.

Y Dimash ha demostrado ser uno de ellos:

Plantar cien bellotas por día. Entonar docenas de canciones. Reverdecer la tierra. Reconstituir los ciclos del alma.

Superar obstáculos, minimizar  las críticas, sin perder el énfasis ni el horizonte.

Reposar expectante en los frutos por venir, darse a conocer gradualmente a nivel mundial, como un brote de la naturaleza que busca consagrarse al Sol.

Perseverar en esa búsqueda en conformidad a las cualidades que le fueron otorgadas sin importar el tiempo que resulte necesario para transmitir esos talentos, teniendo en cuenta que: “Para que la personalidad de un ser humano nos deje apreciar su condición excepcional se necesita tener el privilegio de observarlo en su accionar cotidiano, durante muchos años”.

 En cada nuevo día extender su carácter benigno como un apéndice provisto de pétalos agradecidos y tiernos, como las flores que recibe y las que brinda, ceñidas a una sonrisa o en el albor de una mirada.

Si en este trayecto, se renueva el compromiso que lo mantiene firme en sus ideales y en la tierra que lo vio nacer, si continúa el flujo de  la correspondencia hacia su público, como un manantial que lo aleja de latitudes miserables, quedará demostrado que: “sus acciones no son egoístas ni mezquinas y es guiado por su generosidad sin esperar recompensa distinta a la gratitud”

 No bajar los brazos ni renunciar al empeño y la dedicación ante una cosecha y una carrera que recién inicia, con muchos años de labranza por delante.

Proponer una invitación poco frecuente: llevar adelante un sueño, un ideal, y visualizar su futura realización desde una panorámica enaltecida por el trabajo y la constancia, sin esperar soluciones mágicas ni resultados inmediatos. Podría a la distancia decirse entonces que Dimash“de herencia nos deja el valor del esfuerzo, la tenacidad y la perseverancia, y significa que estamos ante un personaje inolvidable”

 En la obra de un hombre pueden verse reflejadas sus acciones, y en ellas a su vez, el resplandor que ilumina su alma. Y el tiempo es quien nos sitúa como espectadores de privilegio en el progreso de todo aquello que le rodea y de los eventos que alcanza al desprenderse de su espíritu.

Como un personaje de ficción que agasaja la tierra y la revive con sus manos.

O como un hombre que acaricia las emociones y las renueva con su voz.

(La importancia de plantar árboles se ve reflejada en diversas culturas a través de todos los continentes.

En próximas publicaciones compartiremos los rasgos particulares de varios países que practican ésta aconsejable tendencia.)

(“El Hombre que Plantaba Árboles” también fue llevado a la pantalla: un corto de animación que resultó ganador del Oscar en esa categoría en 1987, dirigido por el realizador canadiense Frederick Back)    

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